Me
acuerdo de la conversación que tuvimos hace unos años. El mundo comenzaba a
desmembrarse pero nos concentramos en divagar sobre otros temas. Creo que nunca
la había visto tan solemne y humilde.
–Entonces,
lo conociste… –Sintió pavor y mucha curiosidad pero logró entonar dos
palabras–: ¿Cómo era?
–Simpático
y muy inteligente. También un poco terco e insoportable –dije con una risa
contagiosa–. Pero fue un hombre como muchos. Lo único que hizo en su vida para
destacar fue escribirte a vos. –Agregué jubilosamente–: Sos su canción más
realizada, la más bella de entre todas sus composiciones.
–¿Qué
te hace decir eso? –replicó intrigada–. Esos covers son mucho más bellos
que yo. No lo podés negar. Un músico de tu talla no puede negarlo –dijo con
insistencia y, luego de una pausa, continuó–: Podés decir lo que se te cante
pero esas canciones están mucho, muchísimo más elaboradas que yo… –Con la voz
quebrada, prosiguió–: No me podés mentir tan descaradamente. Tené un poco de
coraje al dirigirte a mí.
–Esos
covers dan ganas de volver a vos, a la original. Vos tenés algo que
ellas no; es lo que te hace única y no una copia más. Jamás podrías ni
compararte con ellas porque tenés un sentido propio. Hay un sentido en tu existencia
–dije con impetuosidad–. Eso que a nosotros, las personas, nos falta, a vos te
sobra. Tenés un sentido: un “por qué” y un “para qué”. También sabés el “cómo”
de tu existencia y “qué” sos. Nosotros no tenemos nada de eso, y tampoco lo
tienen esos trillados covers.
–Todas
somos canciones. No hay forma de que las demás no tengan un sentido –explicó y
su voz, firme como de costumbre, incrementó el volumen–. Todas somos únicas,
inclusive esos covers. Pero, ¿yo? Yo estoy lejos de ser más que un
borrador que en vida se dignaron a terminar. Sin mi padre me siento incompleta.
Siento que soy la partitura que sobrevivió al descarte masivo de borradores. Y
estoy muy segura de que el verdadero original se traspapeló allí.
–No
te pongas sensible. Debes de ser fuerte como tu padre.
–No
me obligues a reprimir mis sentimientos; soy una canción sobre un amor trágico.
“Todo me hiere porque todo lo siento”, dice mi letra. Además, mi padre está
muerto. No sé si fue fuerte, como decís. Mi memoria es traicionera. No tengo
presente sus actividades favoritas, ni su instrumento más elegido, como tampoco
dónde estudió o con quién se casó. Para reconstituirlo como persona solo
recuerdo algunos pocos datos vitales: fue un compositor multi instrumentalista
que una vez se inyectó por demás heroína y falleció porque se olvidó de
respirar. Decime, eh, ¿a quién se le puede olvidar respirar? –estalló
indignada.
–Es
muy probable que no se pueda excluir factores como la arritmia o un edema
pulmonar, por ejemplo. –Me vi obligado a calmarla. Al fin y al cabo, aunque
ella no lo supiese, fui su coautor y pareja de su padre–: “Las demás canciones
y covers están a tu nivel”, bueno… Eso lo puedo llegar a aceptar, pero
con la condición de que no te tires abajo. Ahora, tu padre está muerto, sí.
Murió por sobredosis, sí. Pero no es conveniente que guardes rencor. Era una
persona y a él le tocó morir de esa manera. Debo admitir: fue un hombre
indescifrable para mí. Lo quise mucho… A mí también me cuesta entender esto de
la muerte, pero muchas veces solo queda dejarse llevar; moverse como vos,
moverse como música en el viento.
Ella
meditó unos largos minutos sus próximas palabras. Dudé si, tal vez, no me había
esmerado mucho en mi respuesta. Suspiró y se limitó a decir un “adiós”, de los
más secos que escuché en mi vida. Esa desconocida, bella y melodiosa humildad
del comienzo acabó siendo una chirriante y penosa despedida. En ese momento
sucumbí a un recuerdo, aún vívido: su nacimiento.
Años
atrás, las noticias transmitían en vivo la guerra (o las múltiples guerras) y
vi con mis propios ojos cuando la última bomba de vacío, debilitada por alguna
razón entonces desconocida, impactó en un pequeño pueblo rural, lejos de su
destino. De manera dramática e instantánea se evaporaron en el aire cientos de
vidas y, al mismo tiempo, miles pudieron reconocer que el conflicto mundial
había terminado. Ellos, hijos del nuevo orden, comenzaron a jugar, a reír, a
bailar como en un trance y rebosantes de alegría. Muchas personas fueron
arrasadas sin pavor ni titubeo pero, como si lo ignorasen, el baile
multitudinario de los supervivientes había iniciado. Cada uno se movió bajo el
ritmo de una misma canción. Su padre, un enorme compositor considerado después
una leyenda, saturó cada medio con su música; una música que combatió con su
voz y con su letra la pulsión de destrucción humana.
En
ese tétrico lugar, donde la última nota fue elegida, escrita y organizada
dentro de la partitura, ella nació feliz, resplandeciente. Recorrió el mundo
navegando en los oídos de quienes comandaban los ejércitos, los tanques, los
submarinos nucleares, los aviones bombarderos… Y cuando su padre, mi marido,
decidió cantarla por primera vez, la canción frenó los ejércitos, los tanques,
los submarinos nucleares, los aviones bombarderos. Todos los misiles, las balas
y las bombas cayeron en el instante en que ella recitó su melodía, el mismo
instante en que la canción devino global. Fue ahí cuando, quienes ejecutaron
órdenes homicidas, quebraron en llanto. La televisión difundió los videos de
esos soldados arrepentidos. Ellos no bailaron, no pudieron; lloraron
desconsoladamente por muchos aterradores días con la canción como telón de
fondo. Fue perverso encontrar un sentimiento de justicia en el sufrimiento de
ellos… Todos bailaron incontrolables y despreocupados a la deriva del tormento
de los siervos militares.
Todavía
recuerdo cuando los observé en paralelo: por un lado, la masa y su fiesta
delirante y, por el otro, en el suelo y en posición fetal, los soldados
recostados con las palmas de las manos sobre sus rostros mojados. Ambos
escucharon la misma canción pero ambos reaccionaron diferente. Su voz, similar
a la de los famosos castrati, y su letra, tan siniestra como la historia
misma de aquellos, fueron una combinación adictiva, placentera y asombrosa, con
un poder nunca antes visto. Ella pudo mitigar vorazmente la inclinación hacia
una respuesta bélica y tuvo el gesto de conversar con las familias afectadas.
Les infundió esperanza frente a los tanques varados y los diversos cartuchos de
municiones desparramados por el suelo. Con sus típicas frases motivadoras, la
pieza musical logró ser muy popular. Aunque también advertía, cual gobernante,
que mientras ella existiera prevalecería la calma y los conflictos, pero
prometió que estos jamás serían bélicos. “Conmigo habrá paz o no habrá nada”,
repetía.
Pasados
los días, hubo un recuento de las víctimas bastante distorsionado, y se maldijo
a los verdugos y a algunos de sus jefes. También se tuvieron que señalar a
algunos culpables: solo un par de países. El resto, de momento vanagloriados,
no sufrieron consecuencias por sus acciones. La gente olvidó, pero la canción
no pudo. No puede. Los conflictos son parte de ella. Canta el sufrimiento para
que nadie olvide la cruda realidad. Firme y segura de sí, danza dentro de
nosotros para que no omitamos ni neguemos los deseos más íntimos, profundos y
ocultos que nos habitan. Para ello, la canción creó un orden completamente
nuevo, un orden diferente al que produce las guerras y sus intereses nacionales
y narcisistas. La canción, con total autonomía, logró un orden no-humano que mi
pareja y yo imaginamos y cartografiamos. Ella permitió que nuestra idea cantada
sea apropiada por el mundo entero. De eso estoy agradecido.
Aun
así, voy a arriesgar mi vida contra sus ya pocos seguidores; voy a compartir mi
opinión sobre el presente. Ella, más que una simple canción, antes fue
considerada por poco una deidad, una divina obra estética. Con bastante trabajo,
pudo observar a la gente bailar a través de la partitura. Y, por lo que me
contó, su pasatiempo predilecto era atravesar a quien la escuche con atención y
descifrar sus miedos más cercanos, sus motivaciones impuestas, sus deseos
incumplidos. También solía envidiar a las demás obras musicales. Eran su
competencia, me decía, pero sabía bien que ella era más importante. De todas
maneras, dudo haya comprendido que fue el único éxito de la humanidad como tal,
mucho más indispensable que cualquier institución, artefacto, técnica, ciencia,
creencia o regla social y moral. Pero eso fue hace mucho tiempo atrás. Aunque
es respetada y reproducida por generaciones nostálgicas, ella pasa
desapercibida para los jóvenes de hoy; le dirigen la palabra solo cuando necesitan
algunos consejos útiles. Confieso que, para mí, ella dejó de buscar la armonía
en este mundo. Creo que ya no funciona como canción. Hemos charlado sobre esto
y recuerdo cuán impasible estuvo en un comienzo, como si ya lo supiera.
–Hace
un año que canto por cantar. Estoy desganada... Me desarmo al ver tantos
muertos. Antes todos bailaban conmigo… Ahora se matan y no puedo cambiar nada
–sus lamentos iban in crescendo hasta desbordarla.
–El
orden que fundaste duró toda una década, pero se desvaneció cuando las
desapariciones, asesinatos, mutilaciones en plazas públicas, saqueos,
violaciones, robos empezaron a ser masivos e incontrolables…
–La
masividad… Hay tragedia por donde veas… Esa masividad cuestiona la lógica del
tiempo y del espacio: de un segundo a otro, una persona cae muerta; al minuto,
veinte más son cercenadas y degolladas. ¿Por qué hacen esto? ¿Por qué lo
hacen? Decime… –Reflexionó unos instantes antes de afirmar, trémula–: Creo que
es imposible vivir en este mundo. Estamos perdidos.
–Te
conozco. Sé que en el fondo tenés esperanza, por más mínima que sea… Hacelo por
la niña de coletas azules.
De
esa niña hemos hablado mucho. Me dijo unas cuantas veces de diversas maneras
que “los niños humanos son lo más imperfecto que hay; que tienen la
sensibilidad a la intemperie y bailan porque sienten la música”. También me
contó que los niños pueden viajar como ella, pero con su imaginación y a
tierras indescifrables para los adultos. Cuando la niña de coletas azules fue
violentada y asesinada, sin que la canción pudiera hacer algo, volvió conmigo
al borde del llanto. “¡La niña de coletas azules tenía su colorido vestido
manchado con sangre!; ¡¿la sangre de ella misma o de la madre o de los hermanos
o del padre?!”, insistió con la voz a punto de desgarrarse.
En
ese momento de la conversación no se me ocurrió decirle otra cosa. Por la niña
de coletas azules atravesó un cambio en su personalidad, o eso percibí con los
años. Comenzó a hablar mucho más con la gente. Su labia inspiró a soñar un
mundo diferente, uno mejor. Pronto esa “gente”, en su gran mayoría niños,
adolescentes y jóvenes adultos, fue rotulada en nuestras charlas como “amigos
cercanos”. “Virginia ayer me pidió un consejo. Dejó al esposo después de hablar
conmigo”, me decía entre lágrimas. “Por fin puede darles una vida digna a sus
hijas”. No me cabe duda. Sacudió el mundo de la indiferencia y la ignorancia.
Logró una transformación pronunciada por la muerte de esa niña. Pero esos tiempos
acabaron y el mundo entró en guerra consigo mismo.
Luego
de esa charla, apuntó una mirada desesperada a mis soñolientos ojos y, con
excesiva insistencia, mostró señales de necesitar alguna vía de escape. Mi hija
necesitaba ayuda y con cierta urgencia me vi obligado a ser igual de fuerte que
su querido padre. Elegí rápido a cada músico y formé una banda, pero con
cautela. La canción tuvo que sufrir decenas de alteraciones; ese era el costo
de acabar con el sufrimiento de millones. Su vida fue yéndose. La partitura,
rellena de notas borroneadas, tachones de tinta y manchas recientes de café, no
pudo soportarlo. El temor y la frustración con cada descarte fue
permanente en nosotros. Las versiones cobraron vida por poco tiempo o,
llanamente, no lo hacían. El tiempo corría impaciente y
precipitado. Las personas decidían matar y otras eran masacradas. Las paredes del
improvisado estudio se agrietaban con los disparos de la gente y su sangre
cubría de color granate el exterior. Timbales, platillos, tambores, violines, violas, violonchelos, contrabajos,
flautas, oboes, clarinetes, trompetas, trombones… Cada uno respetando su tiempo
y el de los demás. Intenté con instrumentos tradicionales de orquesta, aunque
también me incliné por instrumentos indígenas; probé hacer mezclas musicales
entre los borradores pero, defraudado y pasado de nicotina, a los pocos días los
incendiaba.
Aún nada funciona. Su partitura, lejos de ser desconocida, es tarareada por sus desolados fanáticos y cantada, con orgullo y bien alto, por mí. El pasar de la vida me aisló de los demás y hoy mis lágrimas suelen entorpecer mi escritura. Tendría que olvidarla, solo por un rato. Pero me gusta que mi memoria se impregne de su ritmo y su baile. “Original, audaz y sencilla” es mi guía, mi meta, mi proyecto de nueva canción. Pero ella… Ella fue mi hija y la amé. Las noches siguen aunque no lo quiera. En la oscura soledad, me reconforta escucharla desde lejos. Allí me ensamblo a su íntima y cálida voz, ilusionado: “Todo me hiere porque todo lo siento”. Ella canta… Y yo la acompaño.
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