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viernes, 1 de abril de 2022

El canto de lo deseado perdido

Me acuerdo de la conversación que tuvimos hace unos años. El mundo comenzaba a desmembrarse pero nos concentramos en divagar sobre otros temas. Creo que nunca la había visto tan solemne y humilde. 

–Entonces, lo conociste… –Sintió pavor y mucha curiosidad pero logró entonar dos palabras–: ¿Cómo era?

–Simpático y muy inteligente. También un poco terco e insoportable –dije con una risa contagiosa–. Pero fue un hombre como muchos. Lo único que hizo en su vida para destacar fue escribirte a vos. –Agregué jubilosamente–: Sos su canción más realizada, la más bella de entre todas sus composiciones.

–¿Qué te hace decir eso? –replicó intrigada–. Esos covers son mucho más bellos que yo. No lo podés negar. Un músico de tu talla no puede negarlo –dijo con insistencia y, luego de una pausa, continuó–: Podés decir lo que se te cante pero esas canciones están mucho, muchísimo más elaboradas que yo… –Con la voz quebrada, prosiguió–: No me podés mentir tan descaradamente. Tené un poco de coraje al dirigirte a mí.

–Esos covers dan ganas de volver a vos, a la original. Vos tenés algo que ellas no; es lo que te hace única y no una copia más. Jamás podrías ni compararte con ellas porque tenés un sentido propio. Hay un sentido en tu existencia –dije con impetuosidad–. Eso que a nosotros, las personas, nos falta, a vos te sobra. Tenés un sentido: un “por qué” y un “para qué”. También sabés el “cómo” de tu existencia y “qué” sos. Nosotros no tenemos nada de eso, y tampoco lo tienen esos trillados covers.

–Todas somos canciones. No hay forma de que las demás no tengan un sentido –explicó y su voz, firme como de costumbre, incrementó el volumen–. Todas somos únicas, inclusive esos covers. Pero, ¿yo? Yo estoy lejos de ser más que un borrador que en vida se dignaron a terminar. Sin mi padre me siento incompleta. Siento que soy la partitura que sobrevivió al descarte masivo de borradores. Y estoy muy segura de que el verdadero original se traspapeló allí.

–No te pongas sensible. Debes de ser fuerte como tu padre.

–No me obligues a reprimir mis sentimientos; soy una canción sobre un amor trágico. “Todo me hiere porque todo lo siento”, dice mi letra. Además, mi padre está muerto. No sé si fue fuerte, como decís. Mi memoria es traicionera. No tengo presente sus actividades favoritas, ni su instrumento más elegido, como tampoco dónde estudió o con quién se casó. Para reconstituirlo como persona solo recuerdo algunos pocos datos vitales: fue un compositor multi instrumentalista que una vez se inyectó por demás heroína y falleció porque se olvidó de respirar. Decime, eh, ¿a quién se le puede olvidar respirar? –estalló indignada.

–Es muy probable que no se pueda excluir factores como la arritmia o un edema pulmonar, por ejemplo. –Me vi obligado a calmarla. Al fin y al cabo, aunque ella no lo supiese, fui su coautor y pareja de su padre–: “Las demás canciones y covers están a tu nivel”, bueno… Eso lo puedo llegar a aceptar, pero con la condición de que no te tires abajo. Ahora, tu padre está muerto, sí. Murió por sobredosis, sí. Pero no es conveniente que guardes rencor. Era una persona y a él le tocó morir de esa manera. Debo admitir: fue un hombre indescifrable para mí. Lo quise mucho… A mí también me cuesta entender esto de la muerte, pero muchas veces solo queda dejarse llevar; moverse como vos, moverse como música en el viento.

Ella meditó unos largos minutos sus próximas palabras. Dudé si, tal vez, no me había esmerado mucho en mi respuesta. Suspiró y se limitó a decir un “adiós”, de los más secos que escuché en mi vida. Esa desconocida, bella y melodiosa humildad del comienzo acabó siendo una chirriante y penosa despedida. En ese momento sucumbí a un recuerdo, aún vívido: su nacimiento.

Años atrás, las noticias transmitían en vivo la guerra (o las múltiples guerras) y vi con mis propios ojos cuando la última bomba de vacío, debilitada por alguna razón entonces desconocida, impactó en un pequeño pueblo rural, lejos de su destino. De manera dramática e instantánea se evaporaron en el aire cientos de vidas y, al mismo tiempo, miles pudieron reconocer que el conflicto mundial había terminado. Ellos, hijos del nuevo orden, comenzaron a jugar, a reír, a bailar como en un trance y rebosantes de alegría. Muchas personas fueron arrasadas sin pavor ni titubeo pero, como si lo ignorasen, el baile multitudinario de los supervivientes había iniciado. Cada uno se movió bajo el ritmo de una misma canción. Su padre, un enorme compositor considerado después una leyenda, saturó cada medio con su música; una música que combatió con su voz y con su letra la pulsión de destrucción humana.

En ese tétrico lugar, donde la última nota fue elegida, escrita y organizada dentro de la partitura, ella nació feliz, resplandeciente. Recorrió el mundo navegando en los oídos de quienes comandaban los ejércitos, los tanques, los submarinos nucleares, los aviones bombarderos… Y cuando su padre, mi marido, decidió cantarla por primera vez, la canción frenó los ejércitos, los tanques, los submarinos nucleares, los aviones bombarderos. Todos los misiles, las balas y las bombas cayeron en el instante en que ella recitó su melodía, el mismo instante en que la canción devino global. Fue ahí cuando, quienes ejecutaron órdenes homicidas, quebraron en llanto. La televisión difundió los videos de esos soldados arrepentidos. Ellos no bailaron, no pudieron; lloraron desconsoladamente por muchos aterradores días con la canción como telón de fondo. Fue perverso encontrar un sentimiento de justicia en el sufrimiento de ellos… Todos bailaron incontrolables y despreocupados a la deriva del tormento de los siervos militares. 

Todavía recuerdo cuando los observé en paralelo: por un lado, la masa y su fiesta delirante y, por el otro, en el suelo y en posición fetal, los soldados recostados con las palmas de las manos sobre sus rostros mojados. Ambos escucharon la misma canción pero ambos reaccionaron diferente. Su voz, similar a la de los famosos castrati, y su letra, tan siniestra como la historia misma de aquellos, fueron una combinación adictiva, placentera y asombrosa, con un poder nunca antes visto. Ella pudo mitigar vorazmente la inclinación hacia una respuesta bélica y tuvo el gesto de conversar con las familias afectadas. Les infundió esperanza frente a los tanques varados y los diversos cartuchos de municiones desparramados por el suelo. Con sus típicas frases motivadoras, la pieza musical logró ser muy popular. Aunque también advertía, cual gobernante, que mientras ella existiera prevalecería la calma y los conflictos, pero prometió que estos jamás serían bélicos. “Conmigo habrá paz o no habrá nada”, repetía.

Pasados los días, hubo un recuento de las víctimas bastante distorsionado, y se maldijo a los verdugos y a algunos de sus jefes. También se tuvieron que señalar a algunos culpables: solo un par de países. El resto, de momento vanagloriados, no sufrieron consecuencias por sus acciones. La gente olvidó, pero la canción no pudo. No puede. Los conflictos son parte de ella. Canta el sufrimiento para que nadie olvide la cruda realidad. Firme y segura de sí, danza dentro de nosotros para que no omitamos ni neguemos los deseos más íntimos, profundos y ocultos que nos habitan. Para ello, la canción creó un orden completamente nuevo, un orden diferente al que produce las guerras y sus intereses nacionales y narcisistas. La canción, con total autonomía, logró un orden no-humano que mi pareja y yo imaginamos y cartografiamos. Ella permitió que nuestra idea cantada sea apropiada por el mundo entero. De eso estoy agradecido.

Aun así, voy a arriesgar mi vida contra sus ya pocos seguidores; voy a compartir mi opinión sobre el presente. Ella, más que una simple canción, antes fue considerada por poco una deidad, una divina obra estética. Con bastante trabajo, pudo observar a la gente bailar a través de la partitura. Y, por lo que me contó, su pasatiempo predilecto era atravesar a quien la escuche con atención y descifrar sus miedos más cercanos, sus motivaciones impuestas, sus deseos incumplidos. También solía envidiar a las demás obras musicales. Eran su competencia, me decía, pero sabía bien que ella era más importante. De todas maneras, dudo haya comprendido que fue el único éxito de la humanidad como tal, mucho más indispensable que cualquier institución, artefacto, técnica, ciencia, creencia o regla social y moral. Pero eso fue hace mucho tiempo atrás. Aunque es respetada y reproducida por generaciones nostálgicas, ella pasa desapercibida para los jóvenes de hoy; le dirigen la palabra solo cuando necesitan algunos consejos útiles. Confieso que, para mí, ella dejó de buscar la armonía en este mundo. Creo que ya no funciona como canción. Hemos charlado sobre esto y recuerdo cuán impasible estuvo en un comienzo, como si ya lo supiera. 

–Hace un año que canto por cantar. Estoy desganada... Me desarmo al ver tantos muertos. Antes todos bailaban conmigo… Ahora se matan y no puedo cambiar nada –sus lamentos iban in crescendo hasta desbordarla.

–El orden que fundaste duró toda una década, pero se desvaneció cuando las desapariciones, asesinatos, mutilaciones en plazas públicas, saqueos, violaciones, robos empezaron a ser masivos e incontrolables…

–La masividad… Hay tragedia por donde veas… Esa masividad cuestiona la lógica del tiempo y del espacio: de un segundo a otro, una persona cae muerta; al minuto, veinte más son cercenadas y degolladas. ¿Por qué hacen esto? ¿Por qué lo hacen? Decime… –Reflexionó unos instantes antes de afirmar, trémula–: Creo que es imposible vivir en este mundo. Estamos perdidos.

–Te conozco. Sé que en el fondo tenés esperanza, por más mínima que sea… Hacelo por la niña de coletas azules.

De esa niña hemos hablado mucho. Me dijo unas cuantas veces de diversas maneras que “los niños humanos son lo más imperfecto que hay; que tienen la sensibilidad a la intemperie y bailan porque sienten la música”. También me contó que los niños pueden viajar como ella, pero con su imaginación y a tierras indescifrables para los adultos. Cuando la niña de coletas azules fue violentada y asesinada, sin que la canción pudiera hacer algo, volvió conmigo al borde del llanto. “¡La niña de coletas azules tenía su colorido vestido manchado con sangre!; ¡¿la sangre de ella misma o de la madre o de los hermanos o del padre?!”, insistió con la voz a punto de desgarrarse.

En ese momento de la conversación no se me ocurrió decirle otra cosa. Por la niña de coletas azules atravesó un cambio en su personalidad, o eso percibí con los años. Comenzó a hablar mucho más con la gente. Su labia inspiró a soñar un mundo diferente, uno mejor. Pronto esa “gente”, en su gran mayoría niños, adolescentes y jóvenes adultos, fue rotulada en nuestras charlas como “amigos cercanos”. “Virginia ayer me pidió un consejo. Dejó al esposo después de hablar conmigo”, me decía entre lágrimas. “Por fin puede darles una vida digna a sus hijas”. No me cabe duda. Sacudió el mundo de la indiferencia y la ignorancia. Logró una transformación pronunciada por la muerte de esa niña. Pero esos tiempos acabaron y el mundo entró en guerra consigo mismo.

Luego de esa charla, apuntó una mirada desesperada a mis soñolientos ojos y, con excesiva insistencia, mostró señales de necesitar alguna vía de escape. Mi hija necesitaba ayuda y con cierta urgencia me vi obligado a ser igual de fuerte que su querido padre. Elegí rápido a cada músico y formé una banda, pero con cautela. La canción tuvo que sufrir decenas de alteraciones; ese era el costo de acabar con el sufrimiento de millones. Su vida fue yéndose. La partitura, rellena de notas borroneadas, tachones de tinta y manchas recientes de café, no pudo soportarlo. El temor y la frustración con cada descarte fue permanente en nosotros. Las versiones cobraron vida por poco tiempo o, llanamente, no lo hacían. El tiempo corría impaciente y precipitado. Las personas decidían matar y otras eran masacradas. Las paredes del improvisado estudio se agrietaban con los disparos de la gente y su sangre cubría de color granate el exterior. Timbales, platillos, tambores, violines, violas, violonchelos, contrabajos, flautas, oboes, clarinetes, trompetas, trombones… Cada uno respetando su tiempo y el de los demás. Intenté con instrumentos tradicionales de orquesta, aunque también me incliné por instrumentos indígenas; probé hacer mezclas musicales entre los borradores pero, defraudado y pasado de nicotina, a los pocos días los incendiaba.

Aún nada funciona. Su partitura, lejos de ser desconocida, es tarareada por sus desolados fanáticos y cantada, con orgullo y bien alto, por mí. El pasar de la vida me aisló de los demás y hoy mis lágrimas suelen entorpecer mi escritura. Tendría que olvidarla, solo por un rato. Pero me gusta que mi memoria se impregne de su ritmo y su baile. “Original, audaz y sencilla” es mi guía, mi meta, mi proyecto de nueva canción. Pero ella… Ella fue mi hija y la amé. Las noches siguen aunque no lo quiera. En la oscura soledad, me reconforta escucharla desde lejos. Allí me ensamblo a su íntima y cálida voz, ilusionado: “Todo me hiere porque todo lo siento”. Ella canta… Y yo la acompaño.