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miércoles, 13 de diciembre de 2023

ATENCIÓN: CONTENIDO NO APTO PARA NIÑOS, NIÑAS O ADOLESCENTES: ¡“me gustaría ser policía”! Una reflexión sobre la toma de tierras en Guernica - Por Iara Melanie Helmbrecht (FSOC-UBA)

Este es un ensayo que entregué como final escrito para la materia Teoría Estética y Teoría Política, Cátedra Eduardo Rinesi, el día 13 de diciembre del año 2023.

Cuando terminé de cursar Teoría Estética y Teoría Política, allá por el 2021, presentí que no estaba lista para rendir el final obligatorio de la materia. ¿Temor, vergüenza, desgano, infinitos bucles de crisis existenciales…? Tenía tantos temas, tantas opciones y tantas dudas sobre el qué, cómo, por qué y para qué haría lo que en definitiva esbocé y terminé (aunque no considero a ninguna producción artística un resultado acabado, definido o delimitado). Idas y vueltas, releyendo los apuntes de las clases, indagando en el blog de la materia para ver cómo-hacer-esto… Otra vez el eterno problema de la hoja en blanco. Dentro de una charla casual que tuve con mi marido, tomando mate y comiendo chipá en este verano del 2023, por marzo (¡un mes después de casarnos!) decidí ponerle fin al desencuentro conmigo misma y este ensayo. “¿Y si escribís sobre Guernica?”, me decía. En definitiva, durante la toma escribí un cuento que plasmó una ligazón entre estética y política, clara señal de que el tema me afectó tajantemente. La idea me convenció de lleno. Frente al terror de no llegar a dar el final en tiempo y forma (por su vencimiento), opté por escribir sobre la toma del predio de Guernica en el año 2020 y utilicé una selección de videos de medios de comunicación televisivos subidos a YouTube para repensar el fenómeno, acompañada de las lecturas de diversos autores: Horacio Gonzalez, Roland Barthes, Byung-Chul Han, Guy Debord, Eliseo Verón, Pierre Bourdieu, Michael Hardt y Antonio Negri.

Este es mi primer ensayo y como tal me dedicaré en estas brevísimas líneas a reflexionar sobre una tema que merece la atención de un espacio mayor y una profesionalidad de la que no soy poseedora. Sin embargo, creo poder establecer una relación creativa entre estética y política repensando (con la lectura de diversos autores) la toma del predio ubicado en Guernica, Provincia de Buenos Aires, en el año 2020. 

Me parece prudente comenzar con una cita sobre la televisión, medio privilegiado para la difusión de noticias: “En un territorio físico se controlan cuerpos y conductas, en el territorio audiovisual se regulan opiniones y perspectivas visuales” (Prólogo de La sociedad del espectáculo, 1967: 26). Guy Debord (1995) define al espectáculo no como algo superficial, como una decoración o un accesorio del sistema de producción capitalista, sino, más bien, como “la médula del irrealismo de la sociedad real”. Con esto se refiere a que por su modo de accionar (que más adelante detallaremos), el espectáculo en todas sus formas (“información”, publicidad o entretenimiento) produce, mantiene, justifica y reproduce el habitus, término famoso acuñado por Bourdieu: “maneras duraderas de mantenerse y de moverse, de hablar, de caminar, de pensar y de sentir que se presentan con todas las apariencias de la naturaleza” (Gutierrez, 2004: 293) y constituyen estilos de vida. Asimismo, en Hardt y Negri (2002) hay una alusión a los medios de comunicación como instrumento fundamental del control social: “El manejo de la comunicación, la estructuración del sistema de educación y la regulación de la cultura se disuelve en el éter… La educación y la cultura se someten a la sociedad circulante del espectáculo” (2002: 304).

Evitar ser receptivos a la incertidumbre del “¿por qué veo lo que veo?” permite la perpetuidad del orden vigente y del habitus. Es por esto que se piensa a la televisión como “el centro del universo del ciudadano democrático” (Debord, 1995). Las noticias que observamos estimulan una visibilidad hegemónica, un panorama de la realidad naturalizada. Hoy en día, además de la televisión o la casi extinta radio (que tiende a ser reemplazada por podcast en Spotify, por ejemplo), otros medios aparecen, muchos más instantáneos como YouTube o las redes sociales, para jugar ese juego del decir-hacer-pensar que habilita la dominación simbólica (son bien conocidas, a partir de las elecciones presidenciales de este año, el poder de canalizar denuncias por parte de redes como Tik Tok). Creo, junto con Bourdieu (2003), que el concepto de ideología es un término vago e inoperante para analizar la actualidad: “el concepto de ideología ha sido tan usado y abusado que ya no funciona” (296). Decidí tomar, en su reemplazo, a la violencia simbólica de Bourdieu: “una violencia cotidiana no percibida” (idem), que atravesará los videos que analizaremos.

En esta línea, las preguntas disparadoras y ejes gravitatorios de la reflexión serán: ¿Cómo, las noticias, deforman o naturalizan el sentido de las cosas? o, lo que sería lo mismo, ¿qué habilitan a pensar las noticias? Para ello retomamos los discursos de dos medios de comunicación masivos: un video de Prensa Obrera y dos videos de Todo Noticias (TN), ambos los ví por primera vez en las redes sociales y hoy los reencontré en YouTube. Tenemos la intención de reflexionar analíticamente (de modo acotado) sobre los medios de comunicación, el accionar periodístico y la violencia simbólica que imparten. 

Nos es de utilidad el concepto de “contrato de lectura” (de cualquier medio de comunicación): “hay un enunciador que le propone a un destinatario ocupar un lugar” (Verón, 2004: 179). Verón posiciona al destinatario ya no a través del enfoque tradicional de actor pasivo, sino como un sujeto activo, donde “leer es hacer” o “ponerse en movimiento”, donde el destinatario acepta o rechaza, va más a la derecha o más a la izquierda según sus convicciones y/o conveniencias. Ahora bien, expandir esta idea de “contrato de lectura” a, lo que creo también válido, “contrato de coparticipación”, me parece sensato ya que hoy esta definición no solo se ajusta a los medios gráficos en su formato diario, sino que también aparece en la interacción en las redes sociales. El mito, entendido a lo Barthes y en su acepción de izquierda y de derecha, es una buena forma de ajustar (palabra polémica en los días que corren), para la comodidad de la autora, el contrato de lectura de Verón. 

Retomamos, entonces, a Roland Barthes (2021): “El mito tiene a su cargo fundamentar como naturaleza lo que es intención histórica, como eternidad lo que es contingencia. Este mecanismo es la forma de acción específica de la ideología burguesa” ( 237, 238). Es decir, “las cosas pierden en él el recuerdo de su construcción” (ídem). El mito no niega, otorga una “claridad feliz” que hace innecesario una explicación; más bien, el mito comprueba como pura naturaleza lo que es contingencia. Por eso las cosas “caen por su propio peso” o “significan por sí mismas”. El mito es el mecanismo de la derecha para mantenerse con vida. Al ser, el mito, un habla despolitizada, es decir que su función es pasar por natural, puro y eterno la historia, sustenta el modelo neoliberal en el que vivimos. 

Empezamos el análisis reflexivo entendiendo “el mito de la izquierda” como un mito imposible. Cuando Barthes (2021) afirma que “el lenguaje verdaderamente revolucionario no puede ser un lenguaje mítico” (242) y lo hace aludiendo a la cuota de inocencia y torpeza de la izquierda al generar “mitos esencialmente pobres” (244): en vez de utilizar el poder de fabulación propio del mito, la izquierda se queda en lo “rígido y literal, un tufo de consigna” (ídem). “La revolución excluye al mito” (242), una de las tantas causas que motivan a pensar por qué la izquierda nunca gobernó nuestro país, ni siquiera una provincia.

Veamos el modo de accionar periodístico en el video de Prensa Obrera, donde aparecen testimonios de varios participantes de la toma de Guernica que sirven (anacrónicamente) como ejemplo. La idea (siempre sensata) que sobrevuela todas las intervenciones militantes de izquierda fue visibilizar y sensibilizar frente a injusticias sociales de la cotidianidad: la mano dura que cae sobre el pueblo trabajador convaleciente por acción u omisión de un Estado opresor. Acá no hay mito. “Fui detenido de una manera brutal por la policía, me pusieron la rodilla en el cuello impidiendo respirar. Durante más de una hora y media nos tuvieron de rodillas y desarrollando distintas formas de golpizas y torturas a nosotros…” (Testimonio de trabajador de reparto, agrupación ATR). “Y nos agarraron, nos corrieron con motos y vehículos; …los golpearon, los insultaron, los amenazaron... Uniformados hombres agarraron a compañeras mujeres…” (Testimonio de la UJS Matanza). 

Algo que no nos debe de asombrar es cómo relatan la crudeza de la violencia policial, fundamental en el mito de izquierda. Pienso en la frase “policías hombres violentando a compañeras mujeres”. Ahí hay una intención de movilizar con connotación feminista, inexistente hace una década atrás cuando policías varones podían arrestar a mujeres. Hoy en día el hecho de una agresión o el mínimo asalto a una mujer por parte de un policía varón es motivo de denuncia. Pero esto ocurrió. Y, paradójicamente o no, también fue grabado y denunciado con una motivación: generar rechazo. ¿Hacia quién? A la clase explotadora. Mediante la interpelación moral y política del espectador, en la estética del video separaron un nosotros de un ellos. Esto podemos observar cuando aluden a “un mensaje político claro” de la clase dirigente: “decisión política de parte del gobierno de la Provincia de Buenos Aires de no solamente desalojar, sino… aleccionar a todos aquellos que luchan” (Testimonio de militante del Polo Obrero Moreno). También la presidenta del CENBA (Centro de Estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires) afirma que: 

… Acá hay un Estado que se está organizando para garantizar la protección de negocios inmobiliarios millonarios y dejar en la calle a cientos y miles de familias que tienen niños... Nadie quiere vivir en esas condiciones, sino que lo hacían porque no tienen un lugar donde estar. Entonces, quienes sentimos y somos sensibles frente a esa situación, no podemos negar estos hechos y tenemos que organizarnos para que las familias del Guernica, como así las familias de todo el país, tengan una respuesta ante esta situación.

En cambio, el mito de la derecha es el mito por excelencia. Es en la derecha donde el mito “se apodera de todo: las justicias, las morales, las estéticas… la literatura, los espectáculos” (Barthes, 2021: 245). Es allí donde la naturaleza se fortifica y logra inmovilizar la historia y la contingencia. Los medios de comunicación eternizan las injusticias sociales en sus relatos: tienen el poder de hacernos identificar con el opresor en vez del oprimido, a verificar lo arbitrario de quien relata como verdades universales o proverbios a-históricos, a no dar explicaciones, solo tautologías: explicar lo mismo por lo mismo fundando “un mundo muerto, un mundo inmóvil” (ídem: 250).

Debord (1995) habla de un accionar justificatorio del estatus quo. La idea del espectáculo abre la idea de falsedad o irrealismo, ocultamiento e incertidumbre a la que se refiere González (2013) con el accionar del periodista: volver a rever, como en un círculo perenne y ajustándose a las épocas históricas, lo que ya se dijo, ya se vió y ya se juzgó, pero jamás denunciando (con fuerza, entereza ni dignidad) las atrocidades que se viven. Creo que por eso los medios masivos de comunicación de derecha conquistaron los canales de televisión abierta, pero quienes se basan en sus propios medios, como pasa con la izquierda, se abstienen de participar, o por principios o por recursos, en la difusión errática del espectáculo del que habla Guy Debord (1967). González en su libro pone en juego una pregunta: entonces, si no es informar, ¿qué hacen los periodistas en verdad? Para ello retomamos fragmentos de los discursos de Todo Noticias (TN) sobre lo ocurrido en Guernica. 

En el primer video de TN (transmitido a tiempo real), un movilero se ve interrumpido por un manifestante, el cual alega a viva voz: “¡Qué están relatando que están haciendo pacíficamente el desalojo! ¿Por qué no dicen la verdad? (...) ¿No ven cómo están tirando tiros?”. Tenemos una pequeña pista para responder (si nos apuran) sobre el oficio periodístico. Unos minutos después, el movilero denuncia la situación que se está viviendo en Guernica: “Los ocupas o las personas que estaban ocupando este predio tiraban piedras de un lado para el otro. La policía repele con balas de goma. Vemos que hay varias casillas que se están prendiendo fuego. Posiblemente son ellos mismos los que las prenden fuego”. Comencemos por ahí. En el minuto 2:26 muestran cómo incendia la policía una casilla, pero (a ojos vendados) acusan otra vez a la víctima y no al victimario. En la transmisión en directo… (que luego subieron a YouTube…). 

Gonzalez (2013) decía que la fuerza del periodista radica en el uso no problemático de nombres renombrados. Podríamos tomar como ejemplo a Sergio Berni, Kicillof, jueces u otras figuras políticas en boca de movileros o noticieros. Pero vamos a algo más concreto. El sustantivo “ocupa” nos interpela en esta ocasión, es decir, esa persona descrita como “atacante” o “tira-piedras”. Esta idea germina en mí una repulsión insostenible hacia los periodistas. Claramente hay un grupo detrás de los diálogos guionados que aparecen como espontáneos… Pero no podemos pasar por alto la fría resiliencia con que se desligan de los hechos concretos que vive la sociedad y utilizan (muy convencionalmente) su voz y su cuerpo para denunciar a los denunciantes de injusticias sociales. Se posicionan dentro de una brecha que, incluso cuando ellos (en particular) no la zanjaron, son copartícipes de su acrecentamiento. Sabiendo deliberadamente que el peso de las ideas traducidas en palabras encajan en el sector de la población que más deseo de extirpar al otro que lucha para conservar sus derechos, los periodistas representan intereses de la clase dominante. Esto se evidencia cuando, frente a la clara disparidad de fuerzas entre la policía y los ocupantes, el periodista alega: “En el desalojo está Berni encabezando a estos 4.000 hombres de la policía de la Provincia de Buenos Aires, intentan que sea sin el mayor conflicto y sin el mayor dolor, pero evidentemente la gente se está resistiendo. De un lado arrojan piedras, del otro lado las balas de goma”.

Y con este comentario me hierve la piel: “... El gobierno... Quería que fuera pacífico, pero fue imposible hacerlo a medida que la policía fue avanzando y se encontró con la resistencia de la gente de abandonar el predio”. Acto seguido del espectáculo podemos observar en el video que la policía tiró una botella de vidrio a un manifestante (en el minuto 10:37) a lo que el periodista informa: “La gente que tira botellas y la policía que también tira botellas... No entiendo… Hay cosas que no se entienden… La propia policía tirando piedras y botellas, no lo puedo creer…”

Más para el final del show aberrante del video hablan de que son 4.000 policías y 800 personas que quedaban en el predio y afirman que: “lo que ocurre es que son los sectores más radicalizados. Ya las familias, quienes tenían chicos, en general, la mayoría ya se fueron”. Y acá empieza a hacerse presente una decisión política. Aparece en el zócalo de la pantalla muy brevemente lo que parecería a simple interpretación un error en las palabras escogidas, pero que oculta en esa sutileza una intención tajante (minuto 13:50 del video): “Las familias tiran piedras con gomeras”. ¿Cómo alejarse de la doxa? “El punto de vista de los dominantes, que se presenta y se impone como punto de vista universal” (Bourdieu, 1996: 13). Es en esa doxa donde nos preguntamos: ¿hasta dónde llegarán en el relato? 

El accionar periodístico, como vemos, se basa en justificar las incoherencias haciéndolas pasar, entonces, como coherencias/verdades/evidencias, creando de esa manera una opinión de masas: “un terreno muy grande, que había todavía mucha gente... Gente que se fue de manera voluntaria, otros que se quedaron y ayer, incluso después de la reunión que fracasó, se sabía que... había más gente en el predio. Por eso tampoco se pudo llegar a un acuerdo final. Entonces, la policía se ha encontrado con 1.400 familias que ahora tienen que sacar y limpiar el terreno. Por eso las casillas se van tirando o se van quemando”

Me quedó la duda. ¿Son 4.000 agentes de policía contra 800 personas sin haber niños en el terreno? O, ¿4.000 agentes de policía contra 1.400 familias con niños? Una sentencia paradójica dicta la pantalla: “ATENCIÓN: CONTENIDO NO APTO PARA NIÑOS, NIÑAS O ADOLESCENTES”. La pregunta que nos hacemos ahora es: ¿cuáles niños? ¿Los y las que tuvieron que sufrir el desalojo en Guernica? ¿O los y las que ocasionalmente pasaron su tierna retina por la televisión (durante un minuto) sin saber la complejidad que esas imágenes significaban?

Esto me da pie a pensar cómo perciben los medios de comunicación masivos a los niños… En el segundo video podemos conjeturar alguna opinión parcial y atinada, a la vez, sobre esta cuestión. Queremos develar esas apariencias que pretenden armar una sensata nota periodística. Para ello iniciamos con lo primero: el titular del video que profesa “demasiado chicos para tanto miedo: tras la toma de Guernica, una nena juega con balas de goma”. Hasta ahora nos adelantan que el miedo de los niños (de las familias consideradas no-ocupas) puede ser utilizado como leitmotiv para justificar el hecho del desalojo de familias enteras con niños. El relato de la periodista es que hubo una batalla campal donde “los manifestantes fueron tomando lo que encontraban en el camino” para tirarselo a la policía. Y el móvil en transmisión directa, como un parásito, se agarra de la experiencia de una familia que estaba expandiéndose en el terreno, construyendo con palets, ladrillos, piedras, que los “ocupas” utilizaron para amedrentar a las fuerzas de seguridad.

El niño de 7 años y su hermana menor eran los protagonistas de este espectáculo televisivo. Tan solo en unos pocos minutos se mostraron expuestos y asustados tras la batalla campal en las cercanías de su casa. “Me desperté mucho, con mi hermana. La desperté muy asustado, pero muy asustado”, decía aterrorizado. El niño de 7 años pedía que los policías se quedaran para cuidarlos mientras la hermana menor jugaba con balas de goma. El niño se refirió (acorde a su edad) que esperaba que los manifestantes volvieran a aparecer “así la policía puede venir 15 días a cuidarnos”. Y la madre afirma: “Mientras estén y no se vayan vamos a estar cuidados. Y que se quede la cantidad de policías que hay, porque la cantidad de personas que eran contra la policía era muchísima”. Y la periodista, como sabiendo el final del relato, pregunta al niño de 7 años: “¿Qué te gusta hacer? ¿Qué es lo que más te gusta hacer?” Y el niño responde con inocencia “me gustaría ser policía…” La periodista cierra su nota con un comentario lapidario: ”... Para cuidar a mamá, papá, tu hermana. Fuiste muy valiente, así que no dudo que vas a ser un gran policía”.

Claramente, recae sobre el niño y la familia lo que Bourdieu (1996) llamó violencia simbólica: un proceso consensuado de amnesia de la génesis del habitus, donde uno olvida (y por eso “otorga”) que ese “hacer ver y hacer creer” (o “esquemas de acción, de percepción y de apreciación”) no existe en la naturaleza de las cosas, sino que es producto de la historia.

En Byung-Chul Han (2023) hay una fuerte idea de que el miedo aumenta la productividad. Podemos ver al niño (y esto toca una fibra muy sensible en mí) cómo se sumerge en la trama de explotación capitalista por voluntad que parece propia, pero que es impuesta. ¡Solo basta con observar a su hermana jugando con cartuchos de bala! “Esta sensación de libertad… vuelve imposible toda resistencia, toda revolución...Hoy está surgiendo una nueva forma de alienación… Una alienación de sí mismo… que se produce… en los procesos de autooptimización y autorrealización (ídem: 65). El niño cree que decide, que elige qué ser, pero decidiendo ser policía solo actuaría en contra de sí y sus intereses. Una alienación tan pesada y abrumadora que, como dice el autor, “al final uno ya no siente su propio cuerpo” (ídem). 

Como un latigazo de claridad abrumadora, empiezo a pensar en cómo los medios de comunicación profesan una libertad engañosa. Byung-Chul Han (2023) afirma que “uno se explota voluntariamente a sí mismo fugándose que se está realizando. Lo que maximiza la productividad… no es la opresión de la libertad, sino su explotación. Esta es… la lógica fundamental del neoliberalismo”. En esta explotación acérrima de la libertad individual podemos ver al niño decir que quiere ser policía. Este es el miedo por sí mismo, miedo al no tener nada (“ni identidad ni seguridad”, en palabras del mismo autor) que proyecta en el otro un enemigo. Ese otro del que hablo es el habitante de Guernica, los ocupas. Son estas figuras políticas las que le dan identidad al niño y lo posicionan en un futuro. Ahora bien, el niño, evidentemente, desconoce el proceso histórico, sus causas y consecuencias, pero su testimonio nos es de utilidad para pensar cómo penetra la sociedad del espectáculo en las futuras generaciones. 

Para ir cerrando, Byung-Chul Han (2023) me permite repensar los tres videos de una manera crítica y reflexiva. Las tres noticias del mismo fenómeno bifurcan en dos maneras de ver el mundo, dos ideologías muy diferentes pero que tienen algo en común: que “impera la dialéctica de la violencia: un sistema que rechaza la negatividad de lo distinto desarrolla rasgos autodestructivos” (Byung-Chul, 2023: 10). En nuestro caso, el rechazo de lo que se llamó “ocupas” en Guernica conduce a la propia destrucción de la sociedad argentina, una grieta insanjable. Esa acción periodística de estratificar y separar en polos antagónicos e incompatibles también es parte del eje piramidal de la vida del ciudadano democrático. Los medios de comunicación de masas, donde “la producción ya no es productiva, sino destructiva; la información ya no es informativa, sino deformadora; la comunicación ya no es comunicativa, sino meramente acumulativa” (ídem). Decía Horacio González que “la cuestión excede a la responsabilidad de un periodista” (2013: 331); “no son entonces verdades sino impromptus de un moralismo burgués” lo que vemos en las noticias, hablando de un modo general. González (ídem) se refería al accionar de los periodistas como un “escepticismo vertiginoso” de una “maquinaria meramente moralista” (burguesa). Más expresamente:

Con su tejido de metáforas inadvertidas y sátiras que puede implicar paradójicamente la merma inevitable de los valores emancipadores del lenguaje, la red televisiva mundial puede instaurar un monolingüismo político que anexe todas las prácticas humanas a un cuño de ilusorias libertades (González, 2013: 328).

Siguiendo a Hardt y Negri, “la comunicación es la forma de producción capitalista en la que el capital logró someter a la sociedad por entero a su régimen, suprimiendo todo camino alternativo” (2002: 317). El futuro protagonista de nuestras vidas (con su séquito) nos armó un show y nosotros, en ese contrato de lectura del que hablamos atrás, consentimos las reglas del juego, como también gran parte de la sociedad aplaudió el violento desalojo de Guernica. La gente festeja desaforada, frente a la Casa Rosada, el ajuste, el hambre y, paradójicamente, la no-libertad que ello implica. El tema que hilvana estas líneas nos recuerda que estamos en la sociedad del espectáculo relatada por Guy Debord. Hoy en día, frente a esta amenaza, cada uno busca una salida por su propia cuenta: “internet no es otra cosa que una caja de resonancia del yo aislado. Ningún anuncio escucha” (Byung-Chul Han, 2023: 121). Estamos advertidos: nada bueno sale del exacerbar el individualismo por sobre lo colectivo. El individualismo del “de esta salgo por mi cuenta” o “sálvese quien pueda”, conduce a una destrucción irrecuperable. Escuchar al otro activamente y no quedarnos encorsetados en nuestros pensamientos, con nuestros sufrimientos y miedos, de eso se trata una salida en conjunto, en comunidad: “una sociabilidad del sufrimiento”, donde nadie quede por fuera, sino todos dentro sin borrar nuestra alteridad.

Referencias bibliográficas

Barthes, R. (2021). El mito, hoy. En Mitologías (pp. 197-256). Siglo XXI.

Bourdieu, P. (1996). Espíritus de Estado. Génesis y estructura del campo burocrático (pp. 5-29). En Revista Sociedad, Facultad de Ciencias Sociales (UBA). N° 8.

Bourdieu, P. y Eagleton, T. (2003). Doxa y vida cotidiana: una entrevista (pp. 295-308). En Slavoj Zizek (comp.), Ideología. Un mapa de la cuestión. Fondo de Cultura Económica.

Byung-Chul Han (2023). La expulsión de lo distinto. Herder.

Debord, G. (1995). La sociedad del espectáculo. La marca.

González, H. (2013). Historia conjetural del periodismo. Colihue.

Gutierrez, A. (2004). Poder, habitus y representaciones: recorrido por el concepto de violencia simbólica en Pierre Bourdieu (pp. 289-300). En Revista Complutense de Educación. Vol. 15 Núm. 1.

Hardt, M. y Negri, A. (2002). La soberanía capitalista o la administración de la sociedad global de control (pp. 299-319). En Imperio. Paidós.

Verón, E. (2004). Cuando leer es hacer: la enunciación en el discurso de la prensa gráfica (pp. 171-191). En Fragmentos de un tejido. Gedisa.


Videografía 

Prensa Obrera (30 de Octubre de 2020): “Cómo fue la represión y desalojo en Guernica // Maniobras y cacería contra las familias sin tierra”. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=LWbJgHTA3Bc 

Todo Noticias (29 de Octubre de 2020): “TOMA DE GUERNICA: MÁXIMA TENSIÓN EN EL DESALOJO DEL PREDIO USURPADO”. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=65WOJlUDGBQ

Todo Noticias (29 de Octubre de 2020): “Demasiado chicos para tanto miedo: tras la toma de Guernica, una nena juega con balas de goma”. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=ANOyJvTqzNU

viernes, 1 de abril de 2022

El canto de lo deseado perdido

Me acuerdo de la conversación que tuvimos hace unos años. El mundo comenzaba a desmembrarse pero nos concentramos en divagar sobre otros temas. Creo que nunca la había visto tan solemne y humilde. 

–Entonces, lo conociste… –Sintió pavor y mucha curiosidad pero logró entonar dos palabras–: ¿Cómo era?

–Simpático y muy inteligente. También un poco terco e insoportable –dije con una risa contagiosa–. Pero fue un hombre como muchos. Lo único que hizo en su vida para destacar fue escribirte a vos. –Agregué jubilosamente–: Sos su canción más realizada, la más bella de entre todas sus composiciones.

–¿Qué te hace decir eso? –replicó intrigada–. Esos covers son mucho más bellos que yo. No lo podés negar. Un músico de tu talla no puede negarlo –dijo con insistencia y, luego de una pausa, continuó–: Podés decir lo que se te cante pero esas canciones están mucho, muchísimo más elaboradas que yo… –Con la voz quebrada, prosiguió–: No me podés mentir tan descaradamente. Tené un poco de coraje al dirigirte a mí.

–Esos covers dan ganas de volver a vos, a la original. Vos tenés algo que ellas no; es lo que te hace única y no una copia más. Jamás podrías ni compararte con ellas porque tenés un sentido propio. Hay un sentido en tu existencia –dije con impetuosidad–. Eso que a nosotros, las personas, nos falta, a vos te sobra. Tenés un sentido: un “por qué” y un “para qué”. También sabés el “cómo” de tu existencia y “qué” sos. Nosotros no tenemos nada de eso, y tampoco lo tienen esos trillados covers.

–Todas somos canciones. No hay forma de que las demás no tengan un sentido –explicó y su voz, firme como de costumbre, incrementó el volumen–. Todas somos únicas, inclusive esos covers. Pero, ¿yo? Yo estoy lejos de ser más que un borrador que en vida se dignaron a terminar. Sin mi padre me siento incompleta. Siento que soy la partitura que sobrevivió al descarte masivo de borradores. Y estoy muy segura de que el verdadero original se traspapeló allí.

–No te pongas sensible. Debes de ser fuerte como tu padre.

–No me obligues a reprimir mis sentimientos; soy una canción sobre un amor trágico. “Todo me hiere porque todo lo siento”, dice mi letra. Además, mi padre está muerto. No sé si fue fuerte, como decís. Mi memoria es traicionera. No tengo presente sus actividades favoritas, ni su instrumento más elegido, como tampoco dónde estudió o con quién se casó. Para reconstituirlo como persona solo recuerdo algunos pocos datos vitales: fue un compositor multi instrumentalista que una vez se inyectó por demás heroína y falleció porque se olvidó de respirar. Decime, eh, ¿a quién se le puede olvidar respirar? –estalló indignada.

–Es muy probable que no se pueda excluir factores como la arritmia o un edema pulmonar, por ejemplo. –Me vi obligado a calmarla. Al fin y al cabo, aunque ella no lo supiese, fui su coautor y pareja de su padre–: “Las demás canciones y covers están a tu nivel”, bueno… Eso lo puedo llegar a aceptar, pero con la condición de que no te tires abajo. Ahora, tu padre está muerto, sí. Murió por sobredosis, sí. Pero no es conveniente que guardes rencor. Era una persona y a él le tocó morir de esa manera. Debo admitir: fue un hombre indescifrable para mí. Lo quise mucho… A mí también me cuesta entender esto de la muerte, pero muchas veces solo queda dejarse llevar; moverse como vos, moverse como música en el viento.

Ella meditó unos largos minutos sus próximas palabras. Dudé si, tal vez, no me había esmerado mucho en mi respuesta. Suspiró y se limitó a decir un “adiós”, de los más secos que escuché en mi vida. Esa desconocida, bella y melodiosa humildad del comienzo acabó siendo una chirriante y penosa despedida. En ese momento sucumbí a un recuerdo, aún vívido: su nacimiento.

Años atrás, las noticias transmitían en vivo la guerra (o las múltiples guerras) y vi con mis propios ojos cuando la última bomba de vacío, debilitada por alguna razón entonces desconocida, impactó en un pequeño pueblo rural, lejos de su destino. De manera dramática e instantánea se evaporaron en el aire cientos de vidas y, al mismo tiempo, miles pudieron reconocer que el conflicto mundial había terminado. Ellos, hijos del nuevo orden, comenzaron a jugar, a reír, a bailar como en un trance y rebosantes de alegría. Muchas personas fueron arrasadas sin pavor ni titubeo pero, como si lo ignorasen, el baile multitudinario de los supervivientes había iniciado. Cada uno se movió bajo el ritmo de una misma canción. Su padre, un enorme compositor considerado después una leyenda, saturó cada medio con su música; una música que combatió con su voz y con su letra la pulsión de destrucción humana.

En ese tétrico lugar, donde la última nota fue elegida, escrita y organizada dentro de la partitura, ella nació feliz, resplandeciente. Recorrió el mundo navegando en los oídos de quienes comandaban los ejércitos, los tanques, los submarinos nucleares, los aviones bombarderos… Y cuando su padre, mi marido, decidió cantarla por primera vez, la canción frenó los ejércitos, los tanques, los submarinos nucleares, los aviones bombarderos. Todos los misiles, las balas y las bombas cayeron en el instante en que ella recitó su melodía, el mismo instante en que la canción devino global. Fue ahí cuando, quienes ejecutaron órdenes homicidas, quebraron en llanto. La televisión difundió los videos de esos soldados arrepentidos. Ellos no bailaron, no pudieron; lloraron desconsoladamente por muchos aterradores días con la canción como telón de fondo. Fue perverso encontrar un sentimiento de justicia en el sufrimiento de ellos… Todos bailaron incontrolables y despreocupados a la deriva del tormento de los siervos militares. 

Todavía recuerdo cuando los observé en paralelo: por un lado, la masa y su fiesta delirante y, por el otro, en el suelo y en posición fetal, los soldados recostados con las palmas de las manos sobre sus rostros mojados. Ambos escucharon la misma canción pero ambos reaccionaron diferente. Su voz, similar a la de los famosos castrati, y su letra, tan siniestra como la historia misma de aquellos, fueron una combinación adictiva, placentera y asombrosa, con un poder nunca antes visto. Ella pudo mitigar vorazmente la inclinación hacia una respuesta bélica y tuvo el gesto de conversar con las familias afectadas. Les infundió esperanza frente a los tanques varados y los diversos cartuchos de municiones desparramados por el suelo. Con sus típicas frases motivadoras, la pieza musical logró ser muy popular. Aunque también advertía, cual gobernante, que mientras ella existiera prevalecería la calma y los conflictos, pero prometió que estos jamás serían bélicos. “Conmigo habrá paz o no habrá nada”, repetía.

Pasados los días, hubo un recuento de las víctimas bastante distorsionado, y se maldijo a los verdugos y a algunos de sus jefes. También se tuvieron que señalar a algunos culpables: solo un par de países. El resto, de momento vanagloriados, no sufrieron consecuencias por sus acciones. La gente olvidó, pero la canción no pudo. No puede. Los conflictos son parte de ella. Canta el sufrimiento para que nadie olvide la cruda realidad. Firme y segura de sí, danza dentro de nosotros para que no omitamos ni neguemos los deseos más íntimos, profundos y ocultos que nos habitan. Para ello, la canción creó un orden completamente nuevo, un orden diferente al que produce las guerras y sus intereses nacionales y narcisistas. La canción, con total autonomía, logró un orden no-humano que mi pareja y yo imaginamos y cartografiamos. Ella permitió que nuestra idea cantada sea apropiada por el mundo entero. De eso estoy agradecido.

Aun así, voy a arriesgar mi vida contra sus ya pocos seguidores; voy a compartir mi opinión sobre el presente. Ella, más que una simple canción, antes fue considerada por poco una deidad, una divina obra estética. Con bastante trabajo, pudo observar a la gente bailar a través de la partitura. Y, por lo que me contó, su pasatiempo predilecto era atravesar a quien la escuche con atención y descifrar sus miedos más cercanos, sus motivaciones impuestas, sus deseos incumplidos. También solía envidiar a las demás obras musicales. Eran su competencia, me decía, pero sabía bien que ella era más importante. De todas maneras, dudo haya comprendido que fue el único éxito de la humanidad como tal, mucho más indispensable que cualquier institución, artefacto, técnica, ciencia, creencia o regla social y moral. Pero eso fue hace mucho tiempo atrás. Aunque es respetada y reproducida por generaciones nostálgicas, ella pasa desapercibida para los jóvenes de hoy; le dirigen la palabra solo cuando necesitan algunos consejos útiles. Confieso que, para mí, ella dejó de buscar la armonía en este mundo. Creo que ya no funciona como canción. Hemos charlado sobre esto y recuerdo cuán impasible estuvo en un comienzo, como si ya lo supiera. 

–Hace un año que canto por cantar. Estoy desganada... Me desarmo al ver tantos muertos. Antes todos bailaban conmigo… Ahora se matan y no puedo cambiar nada –sus lamentos iban in crescendo hasta desbordarla.

–El orden que fundaste duró toda una década, pero se desvaneció cuando las desapariciones, asesinatos, mutilaciones en plazas públicas, saqueos, violaciones, robos empezaron a ser masivos e incontrolables…

–La masividad… Hay tragedia por donde veas… Esa masividad cuestiona la lógica del tiempo y del espacio: de un segundo a otro, una persona cae muerta; al minuto, veinte más son cercenadas y degolladas. ¿Por qué hacen esto? ¿Por qué lo hacen? Decime… –Reflexionó unos instantes antes de afirmar, trémula–: Creo que es imposible vivir en este mundo. Estamos perdidos.

–Te conozco. Sé que en el fondo tenés esperanza, por más mínima que sea… Hacelo por la niña de coletas azules.

De esa niña hemos hablado mucho. Me dijo unas cuantas veces de diversas maneras que “los niños humanos son lo más imperfecto que hay; que tienen la sensibilidad a la intemperie y bailan porque sienten la música”. También me contó que los niños pueden viajar como ella, pero con su imaginación y a tierras indescifrables para los adultos. Cuando la niña de coletas azules fue violentada y asesinada, sin que la canción pudiera hacer algo, volvió conmigo al borde del llanto. “¡La niña de coletas azules tenía su colorido vestido manchado con sangre!; ¡¿la sangre de ella misma o de la madre o de los hermanos o del padre?!”, insistió con la voz a punto de desgarrarse.

En ese momento de la conversación no se me ocurrió decirle otra cosa. Por la niña de coletas azules atravesó un cambio en su personalidad, o eso percibí con los años. Comenzó a hablar mucho más con la gente. Su labia inspiró a soñar un mundo diferente, uno mejor. Pronto esa “gente”, en su gran mayoría niños, adolescentes y jóvenes adultos, fue rotulada en nuestras charlas como “amigos cercanos”. “Virginia ayer me pidió un consejo. Dejó al esposo después de hablar conmigo”, me decía entre lágrimas. “Por fin puede darles una vida digna a sus hijas”. No me cabe duda. Sacudió el mundo de la indiferencia y la ignorancia. Logró una transformación pronunciada por la muerte de esa niña. Pero esos tiempos acabaron y el mundo entró en guerra consigo mismo.

Luego de esa charla, apuntó una mirada desesperada a mis soñolientos ojos y, con excesiva insistencia, mostró señales de necesitar alguna vía de escape. Mi hija necesitaba ayuda y con cierta urgencia me vi obligado a ser igual de fuerte que su querido padre. Elegí rápido a cada músico y formé una banda, pero con cautela. La canción tuvo que sufrir decenas de alteraciones; ese era el costo de acabar con el sufrimiento de millones. Su vida fue yéndose. La partitura, rellena de notas borroneadas, tachones de tinta y manchas recientes de café, no pudo soportarlo. El temor y la frustración con cada descarte fue permanente en nosotros. Las versiones cobraron vida por poco tiempo o, llanamente, no lo hacían. El tiempo corría impaciente y precipitado. Las personas decidían matar y otras eran masacradas. Las paredes del improvisado estudio se agrietaban con los disparos de la gente y su sangre cubría de color granate el exterior. Timbales, platillos, tambores, violines, violas, violonchelos, contrabajos, flautas, oboes, clarinetes, trompetas, trombones… Cada uno respetando su tiempo y el de los demás. Intenté con instrumentos tradicionales de orquesta, aunque también me incliné por instrumentos indígenas; probé hacer mezclas musicales entre los borradores pero, defraudado y pasado de nicotina, a los pocos días los incendiaba.

Aún nada funciona. Su partitura, lejos de ser desconocida, es tarareada por sus desolados fanáticos y cantada, con orgullo y bien alto, por mí. El pasar de la vida me aisló de los demás y hoy mis lágrimas suelen entorpecer mi escritura. Tendría que olvidarla, solo por un rato. Pero me gusta que mi memoria se impregne de su ritmo y su baile. “Original, audaz y sencilla” es mi guía, mi meta, mi proyecto de nueva canción. Pero ella… Ella fue mi hija y la amé. Las noches siguen aunque no lo quiera. En la oscura soledad, me reconforta escucharla desde lejos. Allí me ensamblo a su íntima y cálida voz, ilusionado: “Todo me hiere porque todo lo siento”. Ella canta… Y yo la acompaño.